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apartara un momento de la cabecera, y pidiéndonos permiso, porque un asunto urgente le obligaba a marcharse por breves horas, se despidió de nosotros, haciéndonos mil recom endaciones.

No hizo el tio mas que desaparecer por el foro, cuando Arturo, dando saltos en la cama y envolviéndose triunfante con la colcha a modo de tunica, exclamó: j „Viva la juerga ! j A mi besugos! j A mi turrones y delicados mazapanes! jVenga Cordon rouge!"

Y comenzamos una espantosa danza macabra alrededor de las quinientas pesetas que palpitaban sobre la mesa. Tan furiosa danza fué interrumpida por la llegada del tio, a quien se le habia olvidado el paraguas, y al ver el pintoresco cuadro, la estupefacción se pintó en su semblante. .

— Muy bien, muy bien, ya veo que el enfermo hace prodigios, — agregó después de una pausa.

— jOómo se entiende! — dijo Pepe recobrando la serenidad; — j desobedecerme a mi! | A la cama inmediatamente, a la cama he dicho! jAy, no sabe usted qué rato nos ha dado, querido don Eleuterio; queria matarse, tirarse por el balcón; ha pedido su ropa, se ha vestido. |Un horror, amigo mio, un horror! Nada, se ha vestido amenazandonos a todos, y no hemos podido convencerle, jqué dia, senor, qué dia!

El tio, que ya estaba sobre el seguro y sabia a que atenerse respecto a la enfermedad de su sobrino, llamando aparte a Pepe, le dijo haciendo un expresivo gesto: — ^ No le parece & usted que en vez del aire traigan algo mas sólido ?

— | Ah! Sin embargo, la terapéutica....

— Déjeme usted a mi de tantarantanes; de las quinientas pesetas, la mitad para una canilla al aire; la otra parte,

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