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D. Gonz. — Como cuatro veces mejor que usted. Da. L. — Ya, ya se conoce.

D. Gonz. — Algunas liebres y algunas perdices lo pu-

dieran atestiguar.

Da. L. — iEs usted cazador?

D. Gonz. — Lo he sido... Y aün .. aun...

Da. L> — iAh si?

D Gonz. — Si, seüora. Todos los dommgos, £sabe usted ( cojo mi escopeta y mi perro, ^sabe usted? y mevoy auna finca de mi propiedad, cerca de Aravaca... A matar el

tiempo, isabe usted? •

Da. L. — Si; como no mate usted el tiempo... |loque

es otra cosa! , ,

D Gonz. - iConque no? Ya le ensenana yo a usted

una cabeza de jabali que tengo en mi despacho.

Qa L _ [Toma! y yo a usted una piel de tigre que

tengo en mi sala. [Vaya un argumento!

D. Gonz. — Bien esta, senora. Déjeme usted leer. No

estoy por darle a usted més palique.

Da L — Pues con callar, hace usted su gusto.

d gonz. - Antes voy a tornar un polvito. (Sam una caja de rapé.) De esto si le doy. iQuiere usted?

Da. L. — Segün. £ Es fin0 ?

D. Gonz. — No lo hay mejor. Le agradara.

Da. l. — A mi me descarga mucho la cabeza.

D. Gonz. — Y a mi.

Da. L. — i Usted estornuda?

D. Gonz. - Si, senora : tres veces.

Da L - Hombre, y yo otras tres: jque casualidad. (öespué3 de tornar coda uno su polvito, a^uardan los estomu^s haciendo visajes. y esUrmudan alternativarwnte.) Da. L. — '|Ah. chis!

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