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D. Gonz. — Aqui no hay bancos de nadie.

Da. L. — Pues usted decia que el de los curas era suyo.

D. Gonz. — Bueno, bueno, bueno... se concluyó! (Entre dientes.) Vieja chocha... Podia estar haciendo calceta

Da. L. — No gruna usted, porque no me voy.

D. Gonz. — (Sacudiéndo8r las botas con el panuelo.) Si regaran un poco mas, tampoco perderiamos nada.

D». L. Ocurrencia es : limpiarse las botas con el panuelo de la nariz.

D. Gonz. — iEh?

Da. L. — i Se sonara usted con un cepillo ?

D. Gonz. — ^Eh? Pero senora, i con qué derecho...?

D». L. — Con el de vecindad.

D. Gonz. — (Cortando por lo sano.) Mira, Juanito, dame el libro; que no tengo ganas de oir mas tonteras.

D«. L. — Es usted muy amable.

D. Gonz. — Si no fuera usted tan entrometida...

Da. L. — Tengo el defecto de decir todo lo que pienso.

D. Gonz. — Y el de hablar mas de lo queconviene.

Dame el libro, Juanito.

Juanito. — Vaya, senor. (Sacd del bolsillo un libro y se lo entrega. Paseando luego por el foro, se aleja hacia la derecha y desaparece.)

Escena III.

Dona Laura y D. Gonzalo.

(Este ultimo, mirando d Dova Laura slempre con rabia, se pone unas gafas prehixtóricas, saca un gran lente, >J con el auxilio de toda esa cristaleria se dispone A leer).

D». L. — Crei que iba usted a sacar ahora un telescopio.

D. Gonz. — jOiga usted!

Da. L. — Debe usted de tener muy buena vista.

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