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el oh'mpico D. Augusto sabi'a v puntualizaba el seudónimo, el nombre y los apellidos complicados del escritor que le atacaba.

Unos dias después Robledal intercaló habilmente en el articulo en que defendia al gobierno un parrafo punzante corao hoja de punal florentino contra D. Augusto, quien, sintiendo el rejonaza, advirtió al director del periódico del descuido del articulista.

— El ministro me ha dicho: „encargue usted a Robledal que tenga cuidado. ^Qué he hecho yo a Robledal?"

— ; Hola! — respondió el articulista al director—ya se ha enterado el ministro de que me llamo Robledal. Vamos progresando.

Pasados otros cuantos di'as, Robledal repitió con mayor intensidad aquel aldabonazo, para abrir atenciones ministeriales.

D. Augusto le escribió de su puno y letra, llamandole para conferenciar, en carta carinosa, donde le nombraba hasta por su segundo apellido. Robledal no acudió a la cita, y por toda respuesta renovó el ataque. El ministro, enojado, exigió al director del periódico que expulsara de él a Robledal.

— Imposible; es el alma de la publicación.

— Pues ya no puedo hacer el mal, haré el bien.

— Eso es mas digno de usted.

— Diga ii Robledal que me pida algo.

— El no pide; no sabe pedir, aunque desee.

— Averigüe usted lo que desea, y dfgamelo.

Pocos meses después, Robledal era eligido diputado a Cortes, y en seguida nombrado gobernador de una provincia importante. El Gobierno consiguió asi contentarle y apartarle de la prensa. Y Robledal logró por ese camino lo que

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